¿Alejarte de tu familia realmente te está sanando…o solo estás huyendo de heridas que aún no entiendes?
Vivimos en una época donde alejarse parece la solución más rápida:
“Es tóxico”, “no me suma”, “corta el vínculo”.
Y aunque en algunos casos la distancia es necesaria, con el tiempo entendí algo importante: si yo no cambiaba por dentro, nada afuera iba a ser diferente.
Esta reflexión no nace desde la perfección, sino desde el aprendizaje personal, el autoconocimiento y la sanación emocional.
Hubo un tiempo en que yo juzgaba a mis padres por la forma en que me criaron.
No entendía la responsabilidad que tenía de hacerme cargo de mí mismo, ni lograban asimilar aquel verso bíblico que dice:
“Honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa—para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra.” (Efesios 6:2–3)
En ese entonces no comprendía que honrar no significa justificar errores, sino entender el contexto, las limitaciones y las heridas con las que ellos también crecieron.
Conocer su historia cambió mi mirada, con el tiempo nació en mí una necesidad: conocer la historia de mis padres.
Cada vez que les preguntaba, primero suspiraban.
A veces querían llorar.
Luego comenzaban a contarme sus etapas, sus momentos felices así mismo sus luchas y sus carencias.
Mi padre tuvo que salir de casa siendo muy joven porque mi abuelita murió y mi abuelo nunca lo quiso.
Mi madre también salió temprano de su hogar porque querían obligarla a casarse con alguien que ella no amaba.
Cada conversación era un nudo en la garganta. Ahí entendí que nadie da lo que no recibió y que muchos padres criaron a sus hijos desde la supervivencia, no desde la conciencia.
Las adversidades también forman carácter, con los días comprendí que ellos, al igual que yo, se desarrollaron en medio de adversidades.
Cuando comparé mis dificultades con las suyas, entendí algo clave: muchas veces juzgamos sin preguntarnos qué herramientas emocionales tuvieron ellos para amar mejor.
Como decía Carl Jung: “Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, este dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.”
Dejar de juzgar fue empezar a sanar, cuando dejé de juzgarlos, algo cambió dentro de mí.
Empecé a ver las cosas desde su punto de vista. Comprendí que muchos de sus consejos siempre fueron por mi bien, aunque en su momento no los entendiera.
Duele darse cuenta tarde. Duele no haber sido más consciente.
Hoy mis padres ya no están, solo me quedan los recuerdos… y la gratitud.
Agradezco a Dios por haberlos puesto en mi camino.
Ellos me dieron todo lo que pudieron, desde sus debilidades y dentro de sus posibilidades.
Hoy creo esto, desde mi proceso personal: Lo que piensas de tus padres termina reflejándose en muchos aspectos de tu vida: tus relaciones, tu pareja, tu trabajo, tu manera de amar e incluso tu salud emocional.
No porque ellos sean perfectos, sino porque el resentimiento no resuelto se manifiesta de muchas formas.
La belleza de una flor no depende solo de la flor, si no de quien la contempla.
La melodía no depende solo de la canción, sino de quien la escucha.
Esto no aplica para todos. No es una verdad absoluta.
Hay situaciones donde tomar distancia es necesario para protegerse. Pero si este mensaje resuena contigo, tal vez sea momento de mirar tu historia con otros ojos.
Ellos también tuvieron, tienen y tendrán sus propias luchas, muchas de las cuales tampoco supieron, saben ni sabrán cómo enfrentarlas.
