(Reflexiones desde mi proceso personal)
Hoy quiero compartir algo que estoy aprendiendo, no porque ya lo tenga resuelto, sino porque lo estoy viviendo.
Desde hace días me he sentido con la mente saturada, sin claridad, procrastinando, sabiendo lo que tengo que hacer… pero no haciéndolo. Me levanto cansado, aunque haya dormido. Me acuesto tarde, lo sé, y eso influye. Aun así, hay algo más profundo: un desorden interno que se refleja en todo mi día.
Hoy amanecí con pocas ganas, con el cuerpo pesado y la mente llena de pensamientos. El día estaba hermoso, con sol, ideal para trabajar, pero terminé volviendo a la cama varias veces. No por pereza solamente, sino por una sensación de caos mental: ideas que iban y venían, responsabilidades evitadas, distracciones que yo mismo elegía.
En medio de ese estado decidí meditar. No lo hice perfecto. No seguí cada instrucción al pie de la letra. Pero lo necesitaba. Antes de empezar, mi mente era como un mar agitado. Pensamientos acelerados, culpa por no hacer lo que debía, vergüenza por sentir que el día se me iba sin rumbo.
Durante la meditación algo empezó a cambiar. No fue mágico. No desaparecieron los problemas. Pero sentí un poco de orden, como si el ruido bajara de volumen. Y ahí entendí algo que hoy anoto para no olvidarlo:
Cuando mi mente está en caos, procrastino.
Cuando procrastino, me culpo.
Y cuando me culpo, pierdo fuerza.
No es que no quiera avanzar. Es que muchas veces no sé por dónde empezar.
La Biblia dice:
“Porque Dios no es Dios de desorden, sino de paz.” (1 Corintios 14:33)
Esa frase hoy me hizo sentido. Si Dios crea con orden, quizá yo también necesito aprender a ordenar mi mente antes de exigirme resultados. No para volverme rígido, sino para vivir con más claridad y conciencia.
Me di cuenta de que muchas veces quiero días productivos sin haber trabajado primero el orden interior. Quiero cumplir horarios, metas y compromisos, pero sin atender el cansancio, la confusión o la falta de dirección que llevo dentro.
Un pensamiento que también me acompaña hoy es este, de Séneca:
“Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.”
Tal vez no me falta voluntad.
Tal vez me falta dirección clara.
Tal vez no necesito hacer más, sino ordenar mejor lo que ya sé que debo hacer.
No escribo esto como alguien disciplinado, sino como alguien que está aprendiendo a hacerse cargo. No quiero terminar este año igual que el anterior: empezando cosas que no sostengo, haciendo planes que no aplico, prometiéndome cambios que no cuido.
Hoy solo sé esto:
el orden no comienza en la agenda, comienza en la mente.
Y la constancia no nace de la presión, sino de la conciencia.
Comparto esto por si alguien más se siente así: saturado, confundido, procrastinando, con culpa por no avanzar. No estás solo. Yo también estoy aprendiendo. Paso a paso.
